Parte 1


Los puentes colgantes sí existen

-Yo vivo en El Agustino.
-Ahhh, ¿por Riva Agüero?
-No (con una sonrisa hipocritona y ya cansada de escuchar siempre lo mismo) Entonces le respondo: frente a San Juan de Lurigancho, en Bethania…

Ante esta respuesta siempre la gente se ha manifestado con alguna de estas tres opciones: me miran con miedo, ponen cara de confusión o prefieren mantenerse en silencio. Es natural. El agustino no es una zona de nuestra Lima que sea muy segura, bonita y agradable de visitar. Mucho menos si le hablas de Bethania. ¿Qué es eso? ¿Dónde queda? Pues, como diría mi hermano, queda en el culo del Agustino. Perdonen la grosería. Pese a todo, ‘mi zona’, por más mala reputación que tenga, tiene su gracia. ¿Dónde radica? Particularmente, opino que en su puente colgante de madera. ¿Qué?, en su puente colgante de madera, repito ¿Suena interesante, divertido y hasta romántico, no?

Así es, por eso digo que puedo estar orgullosa de donde vivo, almenos tengo un puente colgante que me auxilia día y noche. Me aguanta los pisotones en su largo tramo de madera para cruzar el río Rímac, ejercicio que tengo que –sí o sí- hacer para poder tomar el carro que me lleve al trabajo o a la universidad.

¿Pero cuál es el problema? En realidad son muchos. Pero todos radican en uno. La indiferencia. El hecho de que la gente no sepa lo que tiene y lo que puede hacer con lo que tiene. Esta es una gran verdad: estamos acostumbrados a usar los recursos que tenemos a la mano y no reparar los daños hechos. Pasa a diario. Mucho menos somos capaces de convertir algo, aparentemente simple como un puente, en beneficios para la localidad: un atractivo de la zona que a la vez de embellecerla, genere dinero y producción para la comunidad. Para ello se necesita colaboración: muchas manos, muchas cabezas.


  • Digg
  • Del.icio.us
  • StumbleUpon
  • Reddit
  • Twitter
  • RSS

0 Response to "Parte 1"

Publicar un comentario